Blasfemaba, se arrepentía, oraba, y entonces la mirada se le cubría de un silencio llanto, lleno de impotencia y arrepentimiento.
La gente trataba de reanimarlo con palabras y remedios...
-¿Es que no se cansan de decir estupideces? - decía para sí mismo, harto y desesperado, pero siempre les dedicaba una forzada sonrisa de falso agradecimiento que la gente estúpida no suele percibir. En los obscuros rincones de su inconsciente, habitaba una necesidad de esperanza, porque a pesar de la incredulidad que vociferaba, siempre se quedaba con todos esos remedios que le llevaban. Todos guardaba, ninguno deshechaba; cajones y repisas adornaban su lúgubre cuarto con revistas de un buffet de religiones y artilugios; semillas curativas, amuletos, pociones, ungüentos chinos, hierbas encapsuladas, cartílago de tiburón, uña de gato, incienso, piedras de cuarzo, tines larines y lo que sea que le pudiera ayudar a dejar de sufrir.
Ya la habitación húmeda sin piel de paredes y techos está quedando vacía de ti. Yaces inmóvil esperando el efecto final del mortal coctel de pastillas que el doctor prescribió y que te ayudarán a bien morir.
Tu cansado corazón que aún guarda rastros de maratones, espera paciente su último acto.
A tu lado, entre las cintas de audio, la foto de mi madre quien seguramente te hacía compañia en tus largas noches de insomnio.
Querido mio: pierde cuidado, puedes irte tranquilo, estoy segura que mamá desde hace mucho tiempo te ha perdonado.
La mujer que amas, se queda al cuidado del menor.
Tus hijos son personas de bien y tus nietos tienen un camino más accesible para serlo también.
Hoy por hoy, me quedo con lo mejor de tí, con tus anécdotas, tus chistes reiterados, tus consejos y tu sentido común.
Papichi lindo: Descansa en paz.